La tercera es (casi) la vencida

PUNTAJE: 7

Halt and Catch Fire es una serie irregular, con ciertas historias que funcionan mejor que otras, y con los números de audiencia que nunca le jugaron a favor. Su primera temporada no fue del todo buena: pivoteaba entre la relación de sus dos protagonistas masculinos (Joe MacMillan y Gordon Clark) y Cameron, la joven programadora genio que interactuaba con ellos. Tímidamente aparecía la figura de Donna, la esposa de Gordon, pero casi relegada al rol de ama de casa. En la segunda temporada, con un cambio de showrunner incluido (Cristopher Cantwell y Christopher C. Rogers tomaron el mando de su creación), el foco estuvo puesto en la unión de –una ahora muy presente- Donna y Cameron en una empresa en común. Y vaya si mejoró la serie.

Para la tercera temporada, eran todas expectativas, gracias a esa gran antecesora que había llegado para cambiar el ritmo del relato. En la tercera entrega de Halt and Catch Fire (HACF) se corrió un poco de la trama de la segunda, y esta vez hubo una mezcla de todas las historias de los personajes principales. A pesar de que parecía que no iba funcionar muy bien en los primeros episodios, luego corrigió, o mejor dicho, ajustó el rumbo al promediar la mitad de la temporada y el resultado final fue muy satisfactorio.

Esta nueva temporada se centra en la vida en San Francisco, luego de haber dejado atrás Dallas, Texas, y el devenir de Mutiny –la compañía fundada por Cameron y comandada en conjunto con Donna- con los desafíos que se presentan a raíz del movimiento tecnológico cambiante de la época. En el medio, decisiones profesionales, personales, idas y vueltas entre los cuatro protagonistas, personajes que regresan, peleas y más peleas, y el cambio de rumbo: Swap Meet, antecedente de eBay, Amazon o Facebook. Y otro componente que dinamizó el relato fue la introducción de un nuevo personaje, Ryan Ray (Manish Dayal), quien es el motor de acción para el conflicto dramático de una de las tramas principales que involucra particularmente a Joe.

Por otro lado, como ya es costumbre, la musicalización de la serie es un plus para la serie, con joyas de los años ochenta que acompañan los momentos dramáticos de las escenas. La nueva locación, el oeste estadounidense, le imprime un extra especial con su encanto de puentes colgantes y surfistas, y es un buen marco para la correcta recreación de la época.

En cuanto a las actuaciones, Lee Pace, con su intensidad característica, llega a momentos de hastío en esta temporada. Sin embargo, ya casi sobre el final, hay un cambio en el registro del personaje que resulta más agradable que su dramatismo sobrecargado. En cuanto a los demás, tanto Scoot MacNairy como Kerry Bishé brindan grandes momentos en esta temporada, al igual que el veterano Toby Huss.

Los últimos dos episodios merecen una mención aparte. Fueron emitidos en tándem, y son verdaderamente buenos. Tanto el 9 como el 10 son capítulos especiales, el primero focalizándose en el vínculo Cameron-Joe, que siempre sigue vigente, pero de un modo muy amoroso para con la relación de ambos personajes. Y el último con decisiones jugadas por parte de los showrunners, de esas que nos dejan con la boca abierta y con aplausos al final por un gran guion y ejecución. Las tramas avanzan en el tiempo y nos encontramos con los cuatro personajes principales nuevamente frente a una encrucijada, un nuevo reto, y con las particularidades de cada uno de ellos interfiriendo en lo que puede ser potencialmente el gran desafío profesional.

Hace pocos días, el canal AMC anunció la renovación para una cuarta y última temporada, de 10 episodios. Los seguidores, chochos, ya que siempre se teme por la baja audiencia que atenta contra su continuidad. Sin embargo, la crítica la acompaña y suele destacarla entre otras. Aún con altibajos e irregularidades, la serie sobre los inicios de la carrera tecnológica en la década del 80 es una muy buena propuesta dramática en un mar de series.



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Escrito por Alejandra Casal

Seriéfila, comunicadora, viajera, curiosa, y todos los clichés que se te ocurran. A veces apocalíptica, a veces integrada. No le rezo a ningún dios, pero me gustan las iglesias.

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