Una temporada mortal

PUNTAJE: 8

Sherlock, la serie de la BBC, creada por Steven Moffat y Mark Gatiss, llegó a un nuevo desenlace. Esta cuarta temporada cumplió con la promesa que sus creadores e intérpretes había realizado hace un poco más de un año atrás y fue la más emotiva de toda su historia. Pero, acaso, ¿es esto lo que esperaban los fans?

Apenas 15 episodios, 7 años y 4 temporadas alcanzaron para convertir a Sherlock –trasposición moderna de los cuentos y novelas escritas por Arthur Conan Doyle hace casi dos siglos- en una serie de culto. En el medio, su intérprete, Benedict Cumberbatch, un actor de perfil bajo de la televisión inglesa, se transformó en una estrella de Hollywood, fue nominado al Oscar y no deja de construir personajes memorables, como fue el último héroe de Marvel, Doctor Strange.

Pero ¿a qué se debe el éxito de Sherlock? En primer lugar, al ingenio de sus guiones. Moffat y Gatiss, que ya habían demostrado su talento para revivir viejos mitos británicos como Dr. Who, le dieron una inteligente vuelta de tuerca a los relatos de Conan Doyle, pero sin perder la esencia de los personajes, la química entre los protagonistas, el humor, ironía y elegancia de su incorrecto héroe.

Llevar a Holmes y Watson al Londres contemporáneo despertó, además, el desafío de deducir de qué forma el detective de Baker Street utilizaría la tecnología como herramienta a su favor; qué lugar jugaría su hermano, el diplomático Mycroft en la política inglesa del siglo XXI, y qué secuelas psicológicas tendría Watson después de luchar en Afganistán.

Es fundamental comprender que más allá de cierta fantasía y disparates, propios del lenguaje británico, Sherlock es producto del contexto mundial y no es ajeno al universo, por lo que varios capítulos tienen anclaje con la actualidad. Eso no le quita a los creativos jugar con la intertextualidad que propone el personaje.

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Dicho esto, hay que entrar en lo que dejó esta temporada. Se venía diciendo que los guiones iban a ser devastadores emocionalmente, y muchos creyeron que se trató de un truco para asustar a los fans. Por el contrario, fue precisamente así.

Si His Last Bow –último episodio de la tercera temporada- concluía con el fracaso del detective, asesinando al chantajista Charles Magnussen, pero con un epílogo que anunciaba el regreso -¿de la muerte?- del némesis James Moriarty, esta cuarta temporada necesitaba arrancar aclarando los puntos oscuros que dejó dicho final.

Por supuesto, en el medio estuvo el episodio especial  de Navidad The Abominable Wife, en el que Holmes viajaba dentro de su mente hasta el siglo XIX para resolver un crimen concebido por una supuesta “muerta viviente”, y esto le daría la clave para entender de qué forma Moriarty pudo haber revivido.

Pues el regreso del personaje interpretado por Andrew Scott no fue más que un falso truco para enganchar al espectador. En el primer episodio, mientras Sherlock es puesto en libertad tras la muerte del chantajista gracias a un truco de cámara ideado por Mycroft, Watson y Mary tienen a su primer hijo.

Todo parece indicar que la vida vuelve a la normalidad dentro del 221 B de Baker Street. Holmes espera que Moriarty de un golpe post mortem que lo saque de la rutina, pero en cambio es el caso de la muerte de un joven millonario lo que lo regresa a la acción. Dicho caso será el disparador para un caso mayor: la desaparición de seis bustos de Margaret Thatcher –inspirado en La aventura de los Seis Napoleones- que a la vez derivará en algo más oscuro: desentrañar el pasado de Mary Watson.

De esta manera, dicho personaje, apenas coprotagonista de un solo relato de Conan Doyle, se convierte en una seudo aliada del detective londinense. Su pasado como agente secreta y sicario tienen consecuencias mortales, que determinarán casi el fin de la relación entre Sherlock y John.

El episodio tuvo un buen equilibrio de humor y misterio que terminó en un final sorpresivamente melodramático, pero en el que el razonamiento de Holmes no pudo destacarse. Como sucede con varios de los cuentos originales, el relato de la víctima, cliente o victimario termina siendo más atractivo que todas las circunstancias que llevan al detective a resolver casos.

Si bien la dirección de Rachel Talalay fue impecable, al guión firmado por Mark Gatiss –Mycroft- no tuvo la complejidad que caracteriza a la serie, y mucho menos la sorpresa. El desenlace fue forzado, casi un MacGuffin para justificar la despedida de un personaje que se estaba convirtiendo en clave en la serie y, erráticamente ganaba mucho protagonismo.

Pero la partida física de Mary –gran actuación de Amanda Abbington, ex esposa en la vida real de Martin Freeman- no significó el final del personaje. En The Lying Detective, segunda episodio de la temporada, Watson, sigue hablando con su ex mujer. Una especie de conciencia, que reemplaza la compañía de Sherlock, a quién culpa por la muerte de Mary.

Sin embargo, la humanidad de Watson será más fuerte que su enojo. The Lying Detective –una de las adaptaciones más fieles en esencia a un relato de Conan Doyle, esta vez El detective moribundo- presenta a un nuevo villano antológico de Holmes: Culverton Smith, un filántropo multimillonario, a quién Holmes acusa de ser un asesino en serie.

Interpretado por el genial Toby Jones, Smith aprovecha la fama que le ha dado Holmes para ganar protagonismo mediático y burlarse del detective, quién ha desmejorado mucho su estado físico con un único propósito: ser la próxima víctima del villano.

Con dirección de Nick Hurran –veterano realizador británico que dirigió His Last Bow- y guión de Moffat, The Lying Detective tiene la sagacidad, sorpresa y engaño que se busca en Sherlock. Un regreso a la ironía y juego de espejos y engaños que caracterizó a sus primeras temporadas. Y aunque Smith es un personaje simpático –gran mérito en Jones con su composición- no logra tener el atractivo del Moriarty de Andrew Scott. Se trata de un personaje perverso, un Donald Trump con instinto asesino. Pero lo importante del episodio no es en sí, el caso, ni la forma en la que Holmes lo derrota, sino la manera en la que Moffat consigue nuevamente reconciliar a Watson con Holmes, y ahí la presencia de Mary es un importante desencadenante.

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Toby Jones

Porque si hay que ser honestos, casi toda la serie trata de la evolución de la relación de esta extraña pareja de detectives privados, que aún en su indiferencia y su frialdad, no pueden alejarse el uno del otro.

El segundo episodio parece que va a tener un final prácticamente brillante y feliz, sino fuese por un detalle. Durante el desarrollo, Watson ha notado que Mycroft sugiere la existencia de un tercer hermano. Esta situación acomplejiza al médico quién decide confesárselo a su psicóloga, que no es ni más ni menos que la misma mujer con la que había fantaseado en The Six Thatcher –primer episodio- y que se revela a sí misma como… Eurus Holmes. La conclusión es tremenda: Eurus dispara contra Watson y créditos.

Ante este desenlace, Gatiss y Moffat dejaron varios interrogantes listos para ser respondidos en el episodio final. ¿Quién es Eurus? ¿Por qué Sherlock nunca la mencionó? ¿Cuál es su relación con Moriarty? ¿Qué pasó con Watson?

Todas estas preguntas se responden casi al instante de último capítulo -¿de la historia?- de Sherlock. El problema final tiene la esencia de juego de espejos y trampas que marca la serie. Al principio una niña descubre que va en un avión cuyos pasajeros y tripulantes están dormidos. Ella es la única despierta hasta que recibe una llamada de un tal… Jim Moriarty. Tras la secuencia de títulos, la acción se traslada al castillo de Mycroft, dónde el hermano del detective, vive una clásica historia de casa embrujada, ideada por Sherlock, para que le confiese la existencia de Eurus. Ahí descubrimos que Watson vive y solo fue anestesiado por el disparo.

El juego comienza en la Isla de Sherrington, cárcel de máxima seguridad en la que está prisionera Eurus. Sin embargo, todo se trata de una trampa. Eurus, es una mente criminal brillante, una sociópata en la línea de Hannibal Lecter, capaz de esclavizar a cualquier persona en cinco minutos solamente con sus palabras.

El capítulo es un juego de mente y emociones. Eurus manipula a Sherlock y Mycroft como venganza tras una infancia aislada en la mansión Musgrove –que revela que la verdadera fuente de inspiración del episodio fue El ritual de los Musgrave y no El problema final en sí- dónde se crío el trío. En el medio se destaca que la frialdad de la hermana Holmes supera a la de los dos hombres que demuestran su faceta más sensible y sentimental.

Como siempre sucede, mientras dura el juego, la diversión y el entretenimiento están asegurados y más allá de la inverosimilitud que rodea cada giro narrativo del capítulo, vale destacar que cada efecto es imprescindible para seguir atado al relato. Sin embargo, sobre el final a Gatiss y Moffat se le acaba el tiempo, y en vez de apelar a su deducción, Sherlock, decide hacer uso de sus sentimientos para resolver el caso, que finalmente tiene el final más trillado y obvio de toda la historia de la serie. ¿Por qué caer en lugares comunes, resoluciones facilistas y forzadas en vez de ingenio?

Quizás la justificación más obvia sería decir que Gatiss y Moffat cumplieron su palabra y esta vez, decidieron darle a la temporada, una impronta más personal, menos autoral, más sensible y efectista. Esto no la hace ni buena ni mala. Simplemente distinta, bizarra por momentos, y muy emotiva.

La cuarta temporada de Sherlock no estuvo a la altura de las anteriores porque fue más pretenciosa en cierto modo, y se alejó más de la cuenta de los relatos de Conan Doyle, sin embargo esto no quita que la esencia y humor del personaje siguen estando presentes, porque más allá de las historias, los enemigos, las licencias y las actuaciones, el verdadero atractivo de Sherlock sigue siendo Sherlock Holmes y su compleja mente, y en ese sentido, los fans nunca se van a sentir decepcionados.


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Escrito por Rodolfo Weisskirch

Amante del cine y las series. Pocos prejuicios. No sigo tendencias ni modas. Miro lo que me interesa y lo que me da curiosidad.

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